extracto de Aynadamar, la Fuente de las Lágrimas
AYNADAMAR, LA FUENTE DE LAS LÁGRIMAS (Extracto)
Apenas unos años después de la conquista de Granada por los Reyes Católicos, a pesar de haber desaparecido la aristocracia granadina exiliada en tierras africanas, seguía existiendo una doble administración de justicia: musulmana para los musulmanes, cristiana para los cristianos. Los asuntos civiles los llevaban los alguaciles mudéjares; los asuntos criminales los llevaban los corregidores, que nombraba la corona o algún representante de la autoridad señorial. El Ayuntamiento, poco a poco, iba tomando cuerpo cristiano con regidores nombrados a instancias del corregidor o del arzobispo. Uno de los primeros corregidores granadinos, Andrés Calderón, ampliaría su jurisdicción a
Pero las relaciones de los musulmanes con sus propios alguaciles no infieles, cada vez eran más tirantes.
-Esto está cada vez peor para nosotros -decía Tarik, el padre de Yahya, a su vecino Omar mientras contemplaban abatidos las obras de demolición del alminar y parte del muro de una mezquita para convertirla en iglesia con campanario.
-Si nuestros propios alguaciles traicionan su fe y se convierten en cristianos, ¿quién va a quedar que permanezca fiel? -dijo Omar hundido, sin aliento.
-Quedaremos los verdaderos -replicó Tarik, sacando fuerzas de flaqueza y levantando un gesto de orgullo- . Esos alguaciles fueron puestos para nosotros, pero por los reyes cristianos, y son perros que se arrastran ante su amo. Por culpa de Hamet Uleylas el rey Fernando ha mandado al corregidor Diego López de Trujillo para que lo proteja en sus abusos para con sus hermanos de fe. Son más diligentes en el cobro de impuestos que los propios cristianos. Ellos son los primeros en denunciar a sus hermanos que ocultan bienes, sabiendo como lo saben que si no lo hacen acabarán por perderlos; denuncian la tenencia de armas blancas, que son las únicas con que podemos defendernos de las fanfarronerías y desmanes de la soldadesca cristiana.
-Y eso cuando no acaban convirtiéndose.
-Conversos o no, cada vez nos tienen más vendidos.
-Alguno de ellos acabará pagándolo caro -Omar no mencionó el nombre de aquel en quien pensaba, pero ambos sabían a cual se estaba refiriendo; estaba en boca de toda la comunidad musulmana que el alguacil Alí Abduladín ponía “excesivo celo” en traicionar a sus antiguos hermanos de fe, a cambio de privilegios y trato especial.
-Sería distinto si todos los cristianos fueran como su arzobispo Hernando de Talavera.
-No es fácil encontrar otro cristiano que intente, como él, el entendimiento entre unos y otros hasta el punto de respetar nuestra lengua y querer que unos y otros conozcamos la lengua de los demás.
-Sí, pero él viene de una familia conversa y el Islam, por tanto, también pertenece a su tradición familiar.
-Pero es cristiano. Y no olvides que conversos nuevos hay que son peores que los cristianos viejos.
-Habrán de demostrar que no lo son por interés, claro...
-Saben que es éste el único que los mueve y quieren acallar murmuraciones y engañar a su propia conciencia.
-Allâh misericordioso tenga compasión de ellos, porque a Él no lo van a engañar.
-Pagarán cara su cobardía. Todos, después de muertos y alguno de ellos lo ha de pagar antes...
La situación llegó a ser tan tensa que muchos alguaciles, cuando no contaban con la protección directa de los hombres del corregidor, salían acompañados los unos de los otros para darse mutua protección.
Cuando en 1495 había bajado la afluencia de musulmanes que pagaban pasaje a África y derechos de tránsito por tierra, mientras que el mantenimiento de las flotas cristianas metidas en varias campañas, sobre todo en Italia, se hacía cada vez más gravoso, la corona solicitó un servicio económico especial de sus vasallos mudéjares granadinos. Los alguaciles no se atrevían a salir solos para cumplir su función de explicar y cobrar el nuevo impuesto, al que incluso ellos se habían resistido en principio, por temor a la respuesta de “sus” gentes.
-Son las necesidades de la corona, que quiere hacer un nuevo reino grande y unido, una España poderosa y anda metida en guerras con nuestros enemigos en Nápoles, en la guerra del Rosellón, en el mar de Alborán, sin olvidar sus tensiones con Portugal -intentaba explicar uno de los dos alguaciles que, de forma espontánea, habían sido rodeados por un nutrido grupo de mudéjares en un rincón del Albayzín cuando cumplían con su tarea de cobrar el nuevo impuesto.
-¿De qué enemigos nos hablas? -decía un anciano entre la multitud- Los cristianos son nuestros enemigos, que nos someten, que nos quitan nuestros bienes, que abusan de nuestras mujeres... ¿Qué nos importan a nosotros los napolitanos o quienes quieran que sean con los que andan en guerra? ¿Son los turcos más enemigos nuestros que esos reyes cristianos?
-Queráis o no queráis, ellos son ahora nuestros reyes y su reino es el nuestro. Ahora somos de los nuevos reinos de España.
-¡Traidores! -gritó un hombre. Su grito fue seguido por otra multitud de gritos que fue creciendo gracias a los nuevos vecinos que acudían sin cesar y se sumaban al motín. Los alguaciles fueron retrocediendo, cada vez más asustados. De entre la multitud surgió una piedra que fue a golpear a uno de los agentes en la cadera, lo que hizo que echaran a correr, abriéndose paso a empujones. Conforme huían, una lluvia de piedras e improperios les fue siguiendo hasta que consiguieron perderse por el laberinto de callejones del arrabal.
Nuevas algaradas parecidas habían dado lugar al descalabro de otros alguaciles. Hasta el propio arzobispo Fray Hernando de Talavera, para evitar estos problemas y por no parecerle justo, y el mismísimo Marqués de el Zenete en su señorío, se habían opuesto a esta medida del nuevo gravamen. Pero no sólo no consiguieron evitarla, sino que volvería a repetirse en años posteriores, cada vez con más resistencia por parte de los mudéjares.
Mientras tanto, aumentaba la inmigración a los señoríos de los Fernández de Córdoba, los Ponce de León y Guzmán, que libraban a sus vasallos de cargas de la corona y de la iglesia. En general, todos los repobladores, que iban en aumento, tenían muchas exenciones y prebendas. Como tales repobladores, no podían enajenar bienes recibidos en reparto antes de haber residido cinco años en vecindad. Los hijos adultos podían suceder a los padres si se casaban en el plazo de un año, en caso de ser solteros. Ningún amancebado podía beneficiarse de los repartos.
En Granada cada vez eran más frecuentes las algaradas callejeras provocadas por el descontento mudéjar, cada vez había más reuniones improvisadas de musulmanes que exteriorizaban públicamente su insatisfacción y cada vez les era más difícil a los alguaciles cumplir con su labor. Muchos de ellos ya se habían convertido al cristianismo, lo que provocaba que fueran aún más rechazados y odiados por sus vecinos mudéjares.
La violencia estaba tan a flor de piel que todo el mundo presentía que algo gordo iba a acabar ocurriendo.
De aprovechamiento común eran tradicionalmente en
Todavía llegaría otro agravio más para los granadinos musulmanes cuando sólo se permitió que se fabricara jabón y se instalaran archoverías a los cristianos viejos. Eran gotas que iban colmando el vaso de una paciencia cada vez más a punto de estallar.
Muchos mudéjares, expoliados de sus bienes a espaldas de los reyes al exigírseles unos títulos de propiedad cuya inexistencia conocían quienes los solicitaban, acabaron teniendo que trabajar para los nuevos propietarios cristianos.
Algunos musulmanes acudieron a los alfaquíes para que les improvisaran títulos de propiedad, que al fin no eran más que papel mojado pues no tenían potestad para ello, pero era lo único con que podían dar apariencia de legalidad formal a lo que siempre había sido aceptado por ley natural, pues en
Tarik, acompañado de su hijo Yahya, y Karim, otro vecino de Madinat Garnata, acudían a casa de un alfaquí para conseguir título para sus propiedades, cuando fueron testigos de una encerrona que dos soldados de la tropa cristiana aposentada en Madinat al-Hambra´ hacían a una mujer musulmana, cortándole el paso hasta arrinconarla en una esquina.
-¡Quítate el pañuelo, morita! -le decía uno de los soldados.
-¿No nos vas a dejar verte la cara, morita, tan fea eres? -le decía el otro, que ya levantaba su mano para arrancarle el velo a la mujer.
-No te atrevas a ponerle encima tus sucias manos -le increpó Yahya, agarrándole por la muñeca. El soldado cristiano se sacudió de la presa de Yahya y desenvainó su espada dispuesto a ensartar con ella al muchacho.
-¡Quieto! -dijo en castellano Tarik, interponiéndose entre su hijo y el soldado.
-¡Vaya! –se burló éste- y saben hablar en cristiano...
-Déjanos ir en paz -continuó Tarik, siempre en castellano- . Perdona la impulsividad de mi hijo, es demasiado joven. Y, por favor, dejad seguir a la mujer su camino sin ser molestada.
La mujer aprovechó los momentos de duda para escabullirse y desaparecer de allí. Yahya, agarrado por su padre y por Karim, se mantenía tenso y expectante.
-¿Quién eres tú, viejo? -dijo el soldado, aún con la espada sin envainar.
-Soy un humilde artesano y mi hijo me ayuda en el taller. No lleva armas. No pareces un hombre cobarde como para atacar a un muchacho desarmado e imprudente...
El soldado envainó la espada, escupió a los pies de Tarik y con gesto desdeñoso dijo:
-Alejaos de aquí, moros asquerosos, antes de que manche mi espada con vuestra sangre.
Tarik y Karim se llevaron casi a rastras a Yahya hasta desaparecer de la vista de los soldados. Cuando estaban a resguardo de sus miradas y de ser oídos, Tarik increpó a su hijo con acritud:
-¿Qué pretendes conseguir con esa actitud temeraria e imprudente? ¿Vas a ganar algo si te matan?
-¿Tenemos que dejar entonces que vejen a nuestras mujeres y nos avasallen de ese modo? -le recriminó Yahya, a punto de echarse a llorar.
-Hay formas de hacer las cosas -le dijo su padre- . Exponiéndote a que te atraviesen con su espada no lo ibas a evitar. Ellos llevan todas las de ganar.
-Dime entonces cómo evitarlo -replicó Yahya.
-Las propias leyes cristianas no permiten eso -dijo Karim.
-¡Qué leyes! -exclamó con una sonrisa amarga Yahya- ¿No estáis hartos de acudir a su justicia y que se burlen de vosotros? ¿Hasta cuándo vamos a soportar esto?
-Tienes razón, hijo; pero debemos pensar en la forma de hacer frente a esto sin que sea un suicidio; la precipitación y la locura no van a ayudarnos. Es la cabeza, más que el corazón, la que debe indicarnos el camino que nos ayude, in sha Allâh
-¿Cuál es la solución, padre? ¿Huir como hicieron los grandes de Granada?
-No hables así -le reprendió con gravedad Tarik- . Eligieron vivir en otro lugar en que podían respetarles porque podían hacerlo y así lo quisieron. Eran nuestros reyes y la estirpe más alta de Granada. Y, ahora, cada vez son más, ya de una u otra clase, si su riqueza se lo permite, los hermanos que optan por irse. No sabemos si mañana también acabemos por tener que hacerlo nosotros; así que respeta su decisión y no hables así de ellos.
-Su estirpe era tan alta como grande su cobardía -insistió Yahya.
-Todos perdimos la guerra -dijo Karim- , ¿qué podían hacer ellos?
-Lo que estamos haciendo nosotros... ¡resistir!
-Sí, pero... ¿hasta cuándo? -dijo Tarik. Y la pregunta quedó colgada en el aire, espesa y amenazadora como una guadaña.
La emigración clandestina, organizada por exiliados anteriores, desde Tánger, Tetuán y diversos lugares de la costa magrebí, no cesaba, aunque por periodos disminuía, bien porque los acontecimientos en Granada se precipitaban, bien porque el hambre y las epidemias en el Magreb dificultaban los apoyos a los exiliados granadinos, bien por la falta de protección que sufrían al emigrar clandestinamente y los abusos de todo tipo a que se veían expuestos, e incluso al recelo con que eran recibidos por las autoridades del otro lado del estrecho que opinaban que “los rezagados” que habían tardado tanto en emigrar debían tener algo de “infieles”. Por otra parte, el que daba el paso de irse sabía que ya era definitivo, pues no había otra forma de regresar que convirtiéndose al cristianismo y ya siempre bajo la sospecha por no ser cristiano viejo.
En 1497 era tomada Melilla por las tropas cristianas. Algunas otras villas costeras del norte de África iniciaron tratos para entregarse o, al menos, evitar ataques del poderoso ejército cristiano. Las insistentes gestiones de Zafra para que estos asuntos se atendieran habían dado por fin su fruto.
Para los granadinos, sin embargo, estaba comenzando otro amargo trago de hiel: la llegada de cristianos era cada vez más numerosa, muchos de ellos establecidos por merced real (había más bienes de realengo que de señorío) como recompensa por servicios de guerra y obligados, como todo repoblador, a los cinco años mínimos de residencia si querían vender su propiedad; otros llegaban mediante repartimientos hechos por los repartidores y escribanos que dependían de Hernando de Zafra. Los nuevos pobladores pedían a los reyes disponer de la zona más abierta y llana de Granada, lo que los moros llamaban Madinat Garnata, para poder así, entre otras cosas, vivir separados de los musulmanes para evitar conflictos con éstos y para no tener que soportar sus molestas y airadas miradas. Esto fue inclinando las cosas hasta que en 1498 consiguen arrancar un acuerdo forzado con los mudéjares granadinos para que éstos concentraran sus viviendas en el Albayzín y
Publicado en la Revista EntreRíos